Entre los comensales se encontraban labriegos, mercaderes y comediantes llegados de distintos lugares atraídos por las riquezas del Reino de Scimas, así como algunas familias en busca de una nueva oportunidad de trabajo. Tras días de convivencia, la larga ruta les había convertido en una gran familia y pasando ya por alto la alcurnia de cada cual, compartían conversación y sueños de futuro. Su destino, la ciudad de Telia, quedaba ya a poco menos de un día por lo que el ánimo que reinaba era relajado y jovial.
Cenaron a cuerpo de rey y tras acostar a los niños en los carromatos se dispusieron a compartir otra breve velada de amable conversación antes de ir a dormir. El aire ululaba dulce entre los árboles y con mantas se apretujaron en torno a las fogatas mientras algunos de ellos montaban guardia por estrictos turnos ya pactados.
Una lechuza comenzó a cantar, algunos ratoncillos de campo correteaban temerosos atraídos por el sugerente aroma de las sobras, cuando, de repente, entre la música que les otorgaba la diosa Natura, un extraño sonido les hizo prestar atención.
-¿Habéis escuchado?- preguntó un gordito mercader alzándose súbito con mirada escrutadora.
-Si, parece la risa de un niño- contestó alguien.
-Debe ser un cárabo, su voz se asemeja mucho a los gritos de los niños.-
-Es cierto, aunque sonaba más parecido a una risita o un alegre parloteo.-
Mientras así comentaban, el aire les trajo de nuevo aquel sonido que ahora parecía dulce y risueño. Confusos y curiosos, se pusieron en pie y antorchas en mano se dispusieron a rebuscar a su alrededor por miedo a que un niño hubiese quedado perdido en el bosque.
Mientras andaban entre las imponentes sombras de pinos y abetos, comentaban que nadie había echado en falta a ninguno. Puede que perteneciese a algún grupo acampado cerca suya, mas, no vieron fuego en la distancia ni a nadie en las cercanías. Acordaron pues que el viento traería los sonidos desde la lejanía o algún animal merodeante sería el responsable de semejante sonido.
Cuando más tarde de entre la arboleda regresaban, se dieron cuenta de que daban vueltas en círculo y no avistaban el campamento a su alrededor. Nerviosos, a lo lejos entrevieron una explanada, y tras ella, reconocieron el altísimo árbol bajo el cual habían acampado.
Decididos a cruzarla, cuál fue su sorpresa al descubrir que en medio de esta y oculta bajo una exuberante vegetación se hallaba una gran construcción circular de piedra. Curiosos, se aproximaron para verla más de cerca y fácilmente reconocieron un antiguo túmulo sepulcral perdido y olvidado desde hacía ya mucho tiempo.
Tenía signos de haber sido saqueado, pues la losa que taponaba la entrada estaba movida dejando entrever su tenebroso pasadizo y, a un paso, un caballo de piedra que les llegaba hasta la cintura parecía aguardar paciente a su dueño escondido bajo la maleza y el moho. Temerosos, no quisieron molestar mucho a los eternos durmientes que allí se encontrasen y a paso ligero regresaron junto a sus carromatos.
Quisieron acostarse de inmediato, mas cuando los que allí les esperaban les vieron llegar con faz asustada, accedieron a sentarse y comentar el hallazgo. Finalizado el relato, el silencio se apoderó de ellos y de forma instintiva el oído exploraba el aire para captar cualquier sonido fuera de lo normal. Al rato, inquietos al escuchar las ramas de los árboles balancearse inesperadamente, decidieron que era hora de echarse a descansar, eso sí, la guardia espeluznada además de lanza, espada o garrote se armó con amuletos.
Antes de que todos se retirasen a descansar, uno de los comensales que había escuchado lo acontecido les pidió sonriente que volviesen a tomar asiento en torno suya. Este se llamaba Bártix y era un maduro bardo que había recorrido multitud de lugares relatando gestas, leyendas y cancioneros tanto de reales como imaginarias tierras.
Curiosos, los que allí restaban se sentaron mientras apagaban las fogatas y se aferraban a sus abrigos y mantas. Bártix sacó un laúd y con suave voz y música, para no despertar a los ya dormidos, recitó unos antiguos versos conocidos por los habitantes de aquel lugar:
Balada del Rey Hullodín
De las luchas en los montes de Telia
con sus huestes Hullodín regresó,
feliz tras sangrienta victoria
la mágica noche de Samhain le cubrió.
El llanto de un niño triste
llamó gélida su atención
rebuscó entre arbustos y árboles
y al pie de pétrea tumba le halló.
Pequeño, le habló
¿Que haces aquí?
con viejos ropajes te encuentro sin pan
¿Tienes hogar?¿sabes tornar?
Conmigo, si quieres, puedes marchar
Señor aquí desperté
sin nadie con quién hablar
llevadme con vos os lo ruego,
pues no logro recordar
Dos días pasó en Palacio
montando a caballo, riendo y de tierno amar
a todos otorgó alegría
mas pronto quiso regresar
Señor mis padres me llaman
llevadme de nuevo al lugar,
donde este mundo camina hacia el otro
y el cielo se funde en el mar.
Ya noche al sitio llegaron
montando a un bello corcel
que aquel niño sin nombre llamaba
"Azul" del atardecer
Entró tras darle un beso
al Rey que emocionado esperó,
mas al poco con llanto y amargura
en su busca tras él se adentró.
"No lloréis por mí"
su voz escuchó
mas su cuerpo no halló,
"con los míos vuelvo a estar,
feliz viviré,
por siempre en la eternidad".
